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Germán Castro Caycedo, además de saber escribir y descubrir el centro nervioso de un personaje en determinadas circunstancias (los que atraviesan el hueco que existe en las mallas iluminadas en la frontera mexicana, o el esqueleto que tiene al lado un mensaje angustioso, o los marinos que se embarcar con el contrabando de armas) tiene otro don estupendo:sabe escuchar sabe encontrar, en el relato que alguien le hace, una historia interesante que merece ser reproducida, multiplicada. Saber escuchar y luego reproducir ese es el secreto de su nuevo libro publicado preciosamente con el formato que tienen los cuentos infantiles, ilustrado con 24 carboncillos del pintor Oscar Azula y lanzado para la mejor época editorial del año. "El cachalandrán amarillo" es el producto de todos los viajes que el autor ha realizado durante estos años por el territorio colombiano. A través de ríos, llanuras, montañas, costas, ciénagas, pueblos perdidos en la selva, caseríos inverosímiles, soportando hambre y mosquitos, perdiendo el sueño entre amigos y desconocidos, descubriendo el humor negro de los campesinos y el terror de los cazadores ante los cambios bruscos de la naturaleza, grabando esos cuentos narrados alrededor de una fogata o al pie de una hamaca o alrededor de una mesa en una cantina, Castro Caycedo tomó algunos, sólo algunos de los centenares que ha grabado durante todos estos años, los pasó a máquina, tratando de respetar los sonidos originales, esa música de las palabras machacadas por el acento y la risa, esa fonética maravillosa que ha sido macerada por tantas generaciones que pícaramente han ido heredando leyendas y cuentos y personajes populares. Moisés Perea, Alfredo Vanín, Efraín Quintero Molina, Consuelo Araújo, José Antonio Bonilla son algunas de las voces que le concedieron a Castro Caycedo la ocasión feliz de compartir esos relatos llenos de buen humor, imaginación, travesuras, suspenso, miedo, muerte, drama, amor ,ambición, picardías, soledad y personajes que curiosamente uno ya había encontrado en relatos de los hermanos Grimm o escritores como García Márquez o Vargas Llosa. Al fin y al cabo, la fuente es la misma. "El pájaro de todo canto" (con la historia de Don Juan, la príncipa y el rey), "El viringuito" (la fábula milenaria del príncipe encantado), "Físido y el fuego" (con el origen de las plumas rojas del picaflor), "Monaya Tirisa" (con la muchacha embarazada por el gusanito y el papel de los animales en la búsqueda de la comida y el origen de la agricultura), " La Madre Monte" (quizás el mejor relato del libro, escalofriante, verídico, aterrador), "La sirena de Hurtado" (como otros cuentos, escenificado en Valledupar, tierra fértil para las leyendas), "El cachalandrán amarillo" (moralista y aleccionador), "Chichiribico" y así sucesivamente, con los relatos de ese ingenioso que engaña a los clientes con los ataúdes (un día al exhumar los restos de una señora todos se asustan cuando descubren que entre los huesos han brotado las ramas que habían sido acomodadas bajo la ropa y la almohadilla de la difunta), y el fotógrafo que es capaz de posar dentro de una ataúd y luego vender la foto a los deudos como si fuera del pariente difunto, y así sucesivamente. Este libro tiene un mérito: rescata leyendas, cuentos, narraciones populares que han flotado en todas las regiones colombianas durante muchos años y esperaban que alguien como Castro Caycedo las recopilara y ordenara y presentara como lo que son, un auténtico tesoro de la sabiduría nuestra, con estos personajes que, por encima de todo, se divierten con sus maldades y las ajenas mientras a pocos pasos, junto al río o en medio de la selva o en lo profundo de la montaña o el llano, el tigre huye cuando siente los pasos menudos de la Patasola. |