Hacerse como niños: necedad para los sabios y escándalo para los justos
José María Cabodevilla
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- Madrid : Biblioteca de Autores Cristianos
- 304 p.
Hay que empezar dando la palabra a los objetores: los que propugnan una "fe adulta", los que abrigan serios temores de infantilismo, evasión, innovación, involución y alienación; los que denuncian esa larvada, persistente nostalgia de un paraíso perdido, los últimos "maestros de la sospecha".La infancia espiritual no es tanto un método de satisfacción cuanto un formato de santidad, una cierta concepción de la vida, una manera de orar, de responder, de encarar el futuro y de amar al prójimo, un cosmovisión.Materiales para una definición de la infancia espiritual: indefensión, confianza, prioridad del amor, actitud lúdica, solidaridad con todo lo existente, simplificación de la vida, indigencia, indisponibilidad ante lo inesperado, expansión, capacidad de asombro, docilidad al espíritu que nos hace clamar: Abba. En última instancia, la palabra Abba sería una definición muy rigurosa de la infancia espiritual.La "pobreza de espíritu" de Mateo solo puede entenderse rectamente mediante la "pobreza" de Lucas o pobreza física; desligada de ésta, se convierte en una pura falacia. Así también, si no queremos extraviarnos en divulgaciones estériles, la infancia física deberá ser siempre el referente indispensable de eso que llamamos infancia espiritual. "Si no os hacéis como este niño". Pero es menester añadir que hay más alegría en el cielo por un adulto que se hace niño que por noventa y nueve niños que no necesitan convertirse.